Conchita Viera: “Quiero morirme tranquila sabiendo que mi padre descansa en paz”

Conchita Viera es un ejemplo de dignidad, lucha y resistencia. Sufrió, junto a su familia, el horror y el odio de una dictadura que hoy tiene herederos en la ultraderecha. Aprovechar el legado de Conchita Viera es prevenir a la ciudadanía de aquellos que sueñan con volver a la oscuridad. Tiene 88 años y sigue la actualidad política española con preocupación. Sobre la derecha y la ultraderecha afirma: “veo con temor a esas gentes sin alma que están difundiendo odio”

En febrero de este año, el Pleno de la Diputación de Cáceres aprobó la renovación del convenio  de colaboración con la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura para continuar trabajando a lo largo del período 2022-2023 en la recuperación de la Memoria Histórica y Democrática en nuestra provincia. Una clara voluntad política para continuar en la senda de la  verdad, la justicia y la reparación, no solo pensando en las personas que se vieron afectadas directa o indirectamente por la guerra civil y dictadura, sino en toda la sociedad.

Salió adelante con el voto a favor del PSOE y Ciudadanos, y la abstención del PP, que, una vez más, volvió a considerar esta cuestión de fortalecimiento democrático como un tema “de segunda” y tiraron de populismo para justificar que la Diputación de Cáceres no comprometa 48 mil euros para memoria histórica, ya que hay otras cuestiones más acuciantes. Siempre hay otras cuestiones más acuciantes que el reconocimiento del dolor y la humillación a las víctimas del franquismo.

La escritora y enfermera Clara Valverde publicó hace unos años el libro Desenterrar las palabras. Transmisión generacional de la violencia política del siglo XX en el Estado español, en el que aborda las consecuencias del silencio y la falta de duelo en hijos y nietos de personas que fueron asesinadas por el régimen. Un trauma generacional que se une a los efectos psicosanitarios de las personas que vivieron directamente esa guerra, esa pérdida. A toda esas personas, que llevan esperando décadas, que muchas murieron esperando, algunos les vuelven a decir “que sigan haciéndolo” que su “causa”, la de dignificar a sus muertos y la de reconocer su sufrimiento, continúa siendo ese tema al que no se le debe prestar una atención prioritaria. Y al pactar con aquellos que pretenden revisar nuestra historia más reciente, terminan de humillar y hundir más a las personas víctimas de la represión.

Conchita Viera tenía tres años cuando se llevaron a su padre, el abogado y alcalde socialista de Valencia de Alcántara, Amado Viera Amores. Desde entonces su vida ha estado marcada por el silencio:  “vivimos señalados por el ‘crimen’ de mi padre”. “Recuerdo a mi madre siempre con unos dolores de cabeza horribles”, y “con un miedo constante”, “callaros, no habléis” “recuerdo cómo nos hacía cerrar puertas y ventanas para que la gente no oyera”.

Todo esto nos lo cuenta Conchita por teléfono, a sus 88 años. “Yo ahora con toda la cara bien despejada hablo sobre esto aunque también tengo un hijo y entiendo que callaran para protegernos, yo también lo he intentado, pero no puedo, no puedo callarme”. Y no lo ha hecho, ha pasado gran parte de su vida alzando la voz y buscando a su padre. Amparada por una legislación, con sello socialista, que la protegía y el compromiso e inversiones del PSOE en los gobierno regionales y provinciales, Conchita pudo sacar, por fin, a su padre de “ese fondo oscuro” en el que se encontraba.

Una historia, que se repite

En noviembre de 2019, las Juventudes Socialistas de la Provincia de Cáceres reconocían a los trabajadores de la Sociedad del Campo “La Unión” de Hernán Pérez, quienes sufrieron represión física y económica que les obligó, incluso, a entregar sus tierras. Quizá haya sido este expolio una de las formas de represión que más han pasado desapercibidas, pero la humillación a las víctimas pretendió ser total y de ello también nos habla Conchita en esa conversación telefónica que, para ella, nos confiesa, le sirve para encontrar desahogo. “Mi padre había comprado una casa y nos hicieron desalojarla. Al poco tiempo de llevárselo, nos echaron de la casa, nos dijeron que la casa era de Franco. Algunas buenas personas nos ayudaron a mantenerla y le dijeron a mi madre que no se retrasara con ningún pago”.

Los hechos de los padres salpicaban a sus “simientes”. Cuando se llevaron a Amado Viera, su hijo tenía unos 8 años, “en la escuela convocaron un claustro para decidir la expulsión de mi hermano del colegio”, cuenta Conchita, “algún alma caritativa hizo ver al resto que estaban hablando solo de un niño, que no tenía la culpa del ‘crimen’ del padre”. “Mi padre luchaba por la educación, por los trabajadores… se preocupaba porque no tenían para comer… esa era la política de mi padre, ese fue el crimen de mi padre”.

“Nunca tuvimos una idea de dónde podía estar”, explica Conchita, hasta que en la década de los 90 se dio de bruces con el nombre de su padre impreso en un libro sobre la Guerra Civil en la provincia de Cáceres. Lo firmaba Julián Chaves. Amado Viera aparecía en el listado de personas que podrían encontrarse en el fondo de la Mina Terría, en el término municipal de Valencia de Alcántara, pero dentro de la finca privada “Cuadrillas de Arriba”.

“A mi padre lo sacaron de casa dos falangistas y un policía nacional y lo llevaron a la comisaría en Valencia de Alcántara. Un hermano de mi madre fue a informarse y le dijeron que se lo llevaban a Cáceres, por eso estábamos despistados, no sabíamos dónde buscarlo hasta que me encontré con el libro de Julián Chaves”. “Me extrañó que, mencionando a mi padre, no se hubiera puesto en contacto conmigo pero al ver el nombre de mi padre ahí cogí la guía y lo llamé por teléfono y nos reunimos en su despacho de la Universidad de Extremadura. Chaves me puso en contacto con José Manuel Corbacho, el presidente de ARMHEX, me ayudaron mucho y luego ya me asocié”.

Una vez ubicado el lugar en el que se encontraban los restos de su padre, la obsesión de Conchita fue recuperarlos pero se encontraron con otro obstáculo: los propietarios de la finca se negaban a autorizar el acceso a la antigua mina de wolframio. “Yo estuve hablando con la familia, me acompañó Cayetano Ibarra, que fue diputado provincial [en Badajoz], y en la reunión con la propietaria de la finca me dijo que lo que tenía que hacer era rezar. Miré a su hijo que estaba allí con la cabeza mirando al suelo y le pregunté si conocía las obras de misericordia que nos enseñaban en el catecismo y que nos decían que había que enterrar a los muertos, ¿me está diciendo que yo tengo que rezar y dejar a mi padre donde lo tengo? y me contestó ‘usted no sabe lo que a nosotros nos pasó’. Pues dígalo como lo estoy diciendo yo, le dije”.

“En Valencia de Alcántara nadie se había preocupado por saber de mi padre hasta que no llegó el actual alcalde [Alberto Piris], le agradezco mucho todo el apoyo y que luchase por conseguir la aprobación de la familia para que la fosa se pudiera exhumar. Ahora lo que les pido es que se den prisa por dar sepultura a esos cuerpos, quiero morirme tranquila sabiendo que mi padre descansa en paz”. Conchita no se olvida de las personas -“los compañeros de mi padre”-  que yacían junto a los restos de Amado Viera en esa fosa: “mi lucha no ha sido solo por mi padre sino por todas las personas que estaban en la mina con él”.

Pasado y presente

Preguntamos a Conchita por su opinión sobre el ascenso de grupos ultras, “veo con temor a esas gentes sin alma que están difundiendo odio”. Nos confiesa también que no ha podido reprimirse de dejar comentarios en la red social Facebook del presidente saliente del PP [Pablo Casado] por el odio que están contribuyendo a sembrar y la humillación a las víctimas.

Publicado en LA MILITANCIA

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